Cartita

Cartita
Disculpad si, a menudo, no contesto a vuestros amables comentarios. La falta de tiempo me lo impide.
Os los agradezco de corazón y espero de vuestra generosidad que sigáis haciéndolos. De ellos me nutro.

Daniel Barenboim, para el otoño



Aquí no hay tristeza,
solo asombro
cuando miro tus pupilas
y atrapas uno a uno
los mosaicos alados.

Habrá que regresar pronto
al Palau,
donde no es necesario
decir palabras,
habla por nosotros
la definitiva belleza
de las formas.

Sea la voz para gastar
por esta Barcelona donde están
esparcidos los recuerdos.

Que no haya otra música
que las buenas noticias
y los días con sus noches
que repitan las notas
de los sueños.

En el vestíbulo
anuncian Parsifal.
Daniel Barenboim,
para el otoño.


© Felipe Sérvulo
En el último vagón

Y eso ya será mucha vida


Antes de que tus pasos
se alejen de este cuerpo
que tú ves hermoso
porque tú todo lo hermoseas,
esta habitación habla con tu voz.

Y resuena en ella la plenitud
de las horas ciertas
y en las manos la lumbre
que dejaron las caricias.

Habrá, tal vez, más encuentros
marcados en el calendario
y hasta es posible
que surjan proyectos nuevos.
Y eso ya será mucha vida
y será mucha suerte.

Que nadie borre tu nombre
de nuestras calles.

© Felipe Sérvulo
En el último vagón

A ver donde te encuentro


Hay soledades que son solo
una ciudad noctámbula
y trae algún un recuerdo hermoso,
porque la vida, a veces,
nos da una tregua
y resistimos la madrugada.

Y hay algunos días
en que tus versos
se hacen aire,
me llenan los pulmones
y mis ojos que te miran
solo un poco,
porque nunca hubo nada
y ahora palpitas.

Y otro hogar desierto
que te hace transparente,
marchas a los suburbios
y me confundes.

A ver donde te encuentro.

© Felipe Sérvulo
En el último vagón




Reconciliación


No decir a tiempo
- te comería a besos,
tiene efectos secundarios.

Luego vendrán promesas,
repartir el corazón
entre palabras y notas
de una sonata rebrotada.
Volver al origen y redimirnos.

O pasear por una Rambla crepuscular,
las esquinas perdidas
en cien lenguas extrañas...

La carne en desmesura,
la desmesura de las flores,
la frontera azul
cuando termina el camino
y, más allá,
vislumbrar otro comienzo.

Tantos pasos
y siempre volvemos
a donde nunca nos fuimos.


© Felipe Sérvulo
En el último vagón

Este pueblo todavía es mío


Este pueblo todavía es mío
porque yo así lo quiero,
aunque ahora andan
las calles desamparadas
y ya nadie está
sentado en su puerta
en estas noches
que acudes con tu brisa,
estallas en astrales
y siento un ingrávido
efluvio de espigas
que me redime
de cualquier rencor antiguo.

© Felipe Sérvulo
Paisaje del trigo

A siete calles de tu hogar


A siete calles de tu hogar
tomaré el autobús nocturno
y entre el caos
y tediosas arquitecturas
me iré con la noche proletaria.

Recorreré puentes y cañadas,
lomas y bares
a pie de carretera.

Circularé sin remisión
por la autopista
triste, con teléfonos para emergencias.

Vislumbraré constelaciones
y cuando me rinda el sueño,
sabré que la lejanía
es poco más que un paisaje pobre
que sólo habitas tú.

               
                © Felipe Sérvulo
"Casi la misma luz"
Tágilis Ediciones, Almería, 1999.


De repente todo me habla de ti


De repente todo me habla de ti:
el telediario de la noche,
el loro de madera,
tu Nancy ropitas,
las flores en su florero
y tantas hojas otoñales
que van cayendo
de los calendarios...

Hay un diosecillo
especialmente cabrón
que se ha instalado
entre el yunque y el estribo
y me mortifica
con la letanía de tu nombre.

Caigo en la cuenta:
ese es el IVA
que debo pagar por amarte.

Sencillamente una persona
es una brizna,
tal vez nada,
si acopia soledades,
confunde ilusiones
y no cancela la hipoteca
de su propio olvido.


© Felipe Sérvulo
Del tiempo y otras fruslerías”

Ir a las rebajas de El Corte Inglés


Dicen que la estrella Polar
cambia cada veinte mil años.
Pero eso no debe preocuparnos,
para entonces 
ya no tendremos recuerdos,
ni un mal beso
que llevarse a la boca.

Tal vez, lo mejor ahora
sea levantarse pronto
y sacudirnos el tedio.

Darnos un chute de vida,
tomar ese sol invernal
-va tan bien para los huesos;
e ir a las rebajas
de El Corte Inglés,
remover todas las plantas
y no comprar nada.

Pero lo mejor del día,
es cuando pides un chocolate
y entre sorbo y sorbo
me miras golosa y dices:
- ¿Sabes?
Aún te sigo queriendo.

© Felipe Sérvulo
Del tiempo y otras fruslerías”

Felipe, no sé volar


¿Ves el Mediterráneo?
- Felipe, no sé volar.

Y sin embargo te elevas
en esta ciudad sin nombre,
donde me cobijas
cuando no queda un horizonte
que llevarse al corazón.

Pero... ¿No ves el Mediterráneo?
- Felipe, no sé volar.

Hay un mendigo en la esquina,
un cuerpo entristecido
que se ofrece por cuarenta.
Hay una tarde extraviada
cuando estás ausente.

Y cicatrices que restallan
porque cierras los ojos.

© Felipe Sérvulo
"El último vagón"

En la tumba de Antonio y Ana

Me abruma Collioure.
Tanto sol, tantas personas impasibles
en el mercadillo de la Placette.

Esta mañana, antes de la vuelta,
dejé flores y poemas con tu nombre,
en la tumba de Antonio y Ana.

Todas las tardes del mundo
son 22 de febrero.


© Felipe Sérvulo
"Ahora que amaneces"
Playa de Ákaba, Getafe, 2013

Pienso en tu casa como un paisaje sin fin


Pienso en tu casa
como un paisaje sin fin
donde tanto madruga el invierno.

Y no sabemos si enero
se quedará con nosotros
o, tal vez, sea un suceso
sin trascendencia,
ahora que la ventisca
parece que amaina
y puede que vuelva pronto
la floresta y el mediodía.

Entonces otro solsticio
vendrá con su manto
de buenas costumbres
y con un sol casi domestico
que todo lo hermosea.

Nos sentaremos
en la mesa de los parias
y cortaremos pan de amor
con las manos.
Eso nos salva.


© Felipe Sérvulo
"El último vagón"

La ruta de la seda




Deslumbra la soledad
de una tarde de domingo
en este invierno bronco
y qué extraño resulta Liszt
cuando abro la puerta
-Sueño de amor-
en un bar desierto.

De pronto acuden
el sol y las estrellas
en este pertinaz baldío:
tú y Neruda me rescatáis
de la aguanieve del tedio,
¿de quién será este poema?

A veces ocurren milagros
en esta ciudad perdida,
tan alejada
de la ruta de la seda
de tus ojos.

© Felipe Sérvulo
"El último vagón"



Hay horas que se extravían


Hay horas que se extravían
en el fragor de la noche
y temor a escribir
los mismos versos de siempre.

Qué pensar ahora que dices
que llueve por Barcelona,
que hace tanto hace frío
o que nuestras palabras
apenas tienen razón
sin se reducen a un mensaje proletario
o una conversación Movistar
con tarifa de triste memoria.

El telediario nocturno
trae noticias
de un Parlament cocido
en sus propias esencias,
mientras en el sur refulge
una luna tan llena
como tu propio eco.

Y la necesidad de regresar
a una calle perdida
de Ciutat Vella,
donde hay trenes
que circulan sin paradas
hasta los confines
de tu cuerpo.

© Felipe Sérvulo
"El último vagón"

Escribe con tus manos una carta


Existe una raíz secreta
que penetra en los sentimientos
y se nutre de una voz,
un paisaje, una música...

Hay una calle y un instante,
un mar de palabras
y una risa que enmudece
porque viene desconsuelo.

Hay una noche
que quiere ser madrugada,
ahora que desde el río
sube la niebla
y lleva grabado tu nombre.

Escribe con tus manos
una carta y nunca pongas el remite.
Por destinatario pon tus señas,
para que siempre recibas
esa voz, un paisaje, una calle
la música y esa noche.

Y una risa sin herir.


© Felipe Sérvulo
El último vagón
Jaén, 2014



La tristeza es un viaje sin fin


Cuando me miras
nace un color nuevo,
un zodiaco transversal
que profetiza buena suerte
para siempre.
Un tiempo de ensueño
que cierra las Rondas
al instante en que pasas,
porque vas camino
de incendiar la tarde.

De pronto me dices
que 2014 será mejor,
que nuestras palabras
se volverán poemas;
que los poemas
irán de corazón en corazón
hasta envejecernos,
mientras, en la esquina de Muntaner,
una pareja se besa
como si fuera
a terminarse el mundo.

Y atraviesas la avenida
sin mirar atrás,
porque sabes que la tristeza
es un viaje sin fin.


© Felipe Sérvulo
"Láudano"






Queda un amor a las cinco en punto


Queda un amor a las cinco en punto
cuando la luz palidece,
porque ya es invierno.

Hay miradas que confortan,
acaso llovizna y me prende
ese ardor que guardas,
que es pasión sin condiciones.

Horas que se vuelven
ancianas prematuras
y mueren por momentos
en el fragor de la tarde.

Tiene la calle
espejos en las esquinas
y aceras que nos llevan
al exilio.

Barcelona se hace nueva
y tú me la regalas.


                 © Felipe Sérvulo
                 "Láudano"
Fotos y poemas que han vencido el olvido